Alguien tan maldita

A ciegas,
no pretendo sino a ciegas 
redoblar la valentía 
que perdí el séptimo día 
cuando desabroché aquél último botón
¡Y qué cosa es la que digo!
Si pienso en mi mano
cuando acariciaba tu insensata precaución.

Es inaudito 
que te miraba como un niño
enamorado, sintiendo a mil por hora
la velocidad total del revoloteo de mis
fantásticas mariposas que acordonaban 
el cielo viendo a una fiera
tentativa, caprichosa, lamiendo un corazón
el cual, tenía miedo por matar.

Mostraste 
los colmillos más blancos
entre ese rojo de tus partidos labios
dejando rastros de piel con carmín
desde el borde de la mesa 
hasta cualquier pecho abierto 
de la barra.

Cualquiera
cual sea,
no había distinciones 
siempre era,
el más barato de tus deseos.

Con que luego,
regresas lastimosa,
con los ojos de agua
los pétalos de flor marchita
los pies sucios y las caderas
más flojas que la boca 
con la que maldices
los amores de barra,
los amores de una noche maldita.

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