Un café con el diablo



[Un café con el diablo]
escrito-octubre 2011

Después de acumular tantas horas bajo la almohada, de reinventarme los fantasmas en la alcoba, incluso de desayunar el recuerdo de una sombra... El daño, vino un poco más al contraste de las palabras que, como cientos de veces me acompañó.

No es de presumirles que me tomé un café con el diablo... Sí, ahí estaba sentado como todo un amo en esa silla que cojea, mirándome burlonamente, agasajando esta nostalgia que se evapora en las trenzas de lo tibio que le sorbo a este café.

De modo que este personaje se invitó a mi mesa a estallarme en la cara su maldita oscuridad, y aún más, y quizás la mía habíase puesto razón a su visita.


Estaría cansado; pensé, estaría sediento y le pregunté:
- ¿gustas un poco de este café? Que más bien sabe a veneno
- sonriéndome de lado mi labio derecho aclamó su respuesta:
- Sin crema, por favor. Tengo unas horas libres, ¿te importa si te acompaño?

Nunca bebió de la taza. Acomodó su barba sobre el vapor del café, cruzó las rodillas y volvió a mirarme.


Rezongo de su astucia y su elegancia, pues su presencia se antepone a mi devastado ser flaco y desalineado al frente de esta taza.

Al siguiente silencio de su infierno, o al menos el mío; decidme de pronto:


- Estoy tan agotado de enfermar con tu abandono, miradme, estoy tan andrajoso como tú. Vivo en la línea tan delgada que dibuja la conciencia y tan desastrosa tu ironía de hacerme venid.

Luego de pensar sus palabras. No encontré razón alguna para que me dijera algo así tan distinguido amigo. Lo cual hice por ignorar su momento, ¿Qué podía decirle yo? Después de acostumbrar el silencio, averigüé con pesadilla que hay infiernos en el mismo infierno.

Supongo que esta imagen tuya; con los cuernos y la deformidad de tu alma, con la cara arañada y tu calor en la maldad. Ha sido...de todos, tu imagen dibujada.

Media Taza de Café y Nada...


El tipo éste, seguía inmune, hablándome entonces; de sus antiguas y bellas amantes (lo cual me guardo los detalles de confesión).

Suponía, ya entonces; que de esto se trataba todo. Y recordé que alguna vez alguien me dijo que para estos casos se necesita de un buen amigo, un buen trago y la mente bien fría .

Los muros se tornaban de otro color, el último sorbo de café se mezcló con el frío de la cerámica y se pronunciaba ante mis pupilas el revoloteo de una mosca imprudente.

El diablo ingenuamente enamorado, y quizá enfermo de tan desdichado amor, se conjugó al sonido de los versos de Joaquín Sabina en sobriedad absoluta entonaba barbajosamente los versos que acompañaban el dolor de una mesa blanda, ingenua y tolerante.
Porque yo, no.

Mi silencio estaba cada vez más elocuente a sus palabras, no podía mover mis codos acordonados sobre la mesa. Y mi austera complexión le bebía los sorbos de tan inmaculada preocupación a este loco.

- Veremos qué ha sido de mí hoy,  
He sido la barbarie de tan inútiles actos... 
(Se dice mientras leía el periódico)

... como este pelao' que mató a otro pelao' para robarle unos 2 baros
respondí:

- Sí?! ah, no lo había visto...

Amigo mío, la vida continúa allá afuera, y no he de ser el indicado para comentártelo, pero esta vez tómalo con calma.

Mi raro amigo se fue, aún con el pecho atolondrado.
No ha habido tazas vacías, sino encuentros perdidos en los muros de esta memoria.

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