Él, ella y las larvas

Él; la amaba con una terrible peculiaridad, ella;
no entendía lo salvaje que era su incredulidad.
Él lloriqueaba una estresante eyaculación precoz, le besaba las nalgas y al mismo tiempo no sabía besar. Siempre fue un mal amante, pero nunca nadie se lo dijo. Así que él confiaba en la total naturaleza brusca de su “corta seguridad”. 

Él y Ella se amaban con un amor fantasma, lo cual y porque nunca estaban, siempre se extrañaban pese a la dificultad de amar. 
 
Alguna vez, sí se quisieron, pero… nunca se lo dijeron. Eso sería complicarse la lengua.
 
Ella siempre odió sus brazos lentos, pero “casi siempre” pudo desorbitar todas las amantes que tenía él en su momento. 
 
Ella siempre lo supo, y en medio de las caricias insanas, larvas incubaban bajo las solapas de la cama. Alguna se arrastró milímetro a milímetro hasta alcanzar el cuerpo de ella, se introdujo en el oído, se arrastró por la garganta y ella comenzó a sofocar la lengua y dijo:
 
¿Me amas?

Pero él se sentía acobardado, arrancó los colores de sus pupilas y embriagó el momento con sudor.
– Siempre te he necesitado, ¿Qué necesitas sino sólo eso? Para mí eso es amar.
Ella se sienta en la orilla de la cama, llora diecisiete minutos y él solo piensa;
“que flácido tiene ella los muslos, no se como la estaba imaginando hace años”.
 
Ella acorta el suspiro, guardando las caricias entre el sollozo y sus dedos, entre lo que es la incomodidad de amar.

– Te he amado como “pordiosero”, te he venido a buscar mientras tus sábanas pican, el frío ahonda y la tienes “chiquita”.
 
Salieron desnudos del alma, con larvas en las ganas y una fatídica eyaculación. Él “la culpa de abandono”, ella nunca supo si la amó de verdad. Tuvieron tres hijos, le pusieron los nombres de sus ex amantes, se perdonaron alguna que otra infidelidad.
 
Él se quedó inerte en la vida, ella murió; al final, se llenó de muchas larvas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario