Érase una vez, una historia que no se podía contar.
Era una mujer que cantaba una melodía casi sorda que casi nadie podía escuchar a menos de que quisieran arriesgarse a rasgarse la garganta.
La mujer solía tararear la melodía y cada noche solía bailar descalza, hasta que un día sintió vértigo en el cuerpo parecido al amor.
Cuenta la historia que un día se quedó sin corazón, lo entregó a un misterioso viento que abrazó todo a su espacio, la revolcó en el suelo y arrebató su corazón.
El viento feroz había roto su cuerpo al sacarle el órgano y por cicatriz le creció una jaula de metal.
La mujer nunca sanó su alma, se conformó con no saber amar.
Nadie nunca había visto algo similar.
Muchas otras noches ella solía bailar, y algunos que querían escuchar la melodía casi sorda, se acercaban a ella, les curaba el vacío existencial y luego de eso inconformes le reclamaban por qué no podían escuchar la melodía que la gente solía contar.
Un día, la mujer se extinguió en el polvo. Nadie supo escucharla y sus pies se grabaron en el movimiento que hacen los remolinos en el viento.


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